🔥 1. El origen: cuando el fuego era la voz de la casa
Antes de que existieran los móviles, los microondas, los hornos eléctricos
y todas esas cocinas modernas que funcionan con un simple botón,
existía algo mucho más antiguo…
mucho más vivo…
mucho más lleno de alma:
el fuego.
Un fuego real, no simbólico,
un fuego que respiraba como un ser vivo,
que crujía cuando la leña se acomodaba,
que chispeaba como si contara historias antiguas,
que iluminaba más que las bombillas,
porque su luz no era solo luz:
era vida.
En aquellas casas humildes y honestas,
la vida entera giraba alrededor del fuego de leña.
El fuego era la fuente de calor en las noches frías de invierno,
el amigo silencioso que alumbraba la mesa cuando ya no quedaba sol,
el corazón palpitante de la cocina tradicional,
la hoguera donde nacían los guisos lentos de antes,
los caldos que curaban,
las sopas que consolaban el alma cansada después de un día de campo,
los arroces que reunían a la familia,
las recetas de siempre que hoy llamamos “de la abuela”,
pero que en realidad son de la vida.
La cocina, en aquellos tiempos,
no era simplemente una habitación donde se preparaba comida.
Era el centro moral, emocional y social del hogar.
Era donde se hablaba, donde se reía, donde se lloraba,
donde se arreglaban problemas,
donde se daban consejos,
donde los niños aprendían sin darse cuenta.
Era la escuela de la vida.
El fuego era el maestro.
La abuela, con las manos llenas de harina,
con las arrugas marcadas por años de trabajo y cariño,
con el delantal manchado de historias que aún hoy viven en nuestra memoria,
decía siempre:
“El fuego enseña, niño.
El fuego no apura.”
Y esa frase,
que parecía sencilla,
contenía una verdad más grande que cualquier libro de recetas,
más profunda que cualquier manual de cocina tradicional.
Porque el fuego enseña paciencia,
enseña respeto por el tiempo,
enseña que lo bueno no sucede corriendo,
enseña que cada cosa tiene su momento,
enseña a mirar,
a escuchar,
a entender lo que ocurre dentro de una cazuela
sin necesidad de abrirla.
El fuego era maestro,
era consejero,
era guía espiritual y culinaria.
Quien aprendía a entenderlo,
quien sabía leer su comportamiento,
quien comprendía cuándo subir la llama
y cuándo dejar que las brasas hicieran su trabajo en silencio,
ese sabía también entender la vida.
Porque la cocina tradicional al fuego de leña,
esa que olía a hogar,
a pan recién hecho,
a caldo murciano,
a arroz con marisco,
a guisos ancestrales,
no era una técnica:
era un modo de vivir.
Un modo que hoy, desde Placeres del Fuego,
intentamos rescatar, honrar y mantener vivo.
Porque es demasiado valioso para dejar que se pierda.
🌾🔥 2. Cuando el campo era escuela y el fuego maestro
En el campo, antes de que existieran relojes de pared, móviles o agendas digitales,
el que marcaba las horas era el fuego.
Las brasas eran el reloj de la familia.
Cuando el fuego dormía, era temprano.
Cuando el fuego despertaba, empezaba el día.
Y cuando el fuego se hacía brasas tranquilas,
sabías que el guiso estaba entrando en su punto perfecto.
Aquella vida sencilla tenía una sabiduría propia.
Los mayores no explicaban mucho,
pero los niños aprendían mirando,
absorbiendo cada gesto,
cada sonido,
cada olor.
Porque la cocina tradicional al fuego lento no se estudia en un libro:
se observa, se respira, se vive, se hereda.
El fuego era una escuela silenciosa.
🔥 El ritual de la leña: el primer aprendizaje
Antes de encender el fogón, había que salir al corral o a la parcela
a recoger la leña justa.
Pero no valía cualquier palo:
había que saber elegir.
-
Si la leña era demasiado fina, ardía rápido y se consumía sin cocinar.
-
Si era muy gruesa, tardaba en prender y desesperaba al cocinero.
-
Si era de almendro, daba un calor noble y uniforme.
-
La de olivo aportaba un aroma profundo, perfecto para guisos lentos.
-
La de pino, muy resinoso, servía para encender pero jamás para cocinar.
Este conocimiento no estaba escrito en ninguna parte.
Era herencia,
un patrimonio intangible que pasaba de manos callosas
a manos pequeñas
sin necesidad de palabras.
Era una ciencia ancestral:
la ciencia de la cocina rústica al fuego de leña.
🔥 El fuego lento como maestro de vida
Encender el fuego era solo el principio.
Después venía la lección verdadera.
La cocina lenta tiene un idioma propio:
-
Habla con chispas cuando pide más leña.
-
Susurra con humo azul cuando está en equilibrio.
-
Ruge despacio cuando el caldo empieza a concentrarse.
-
Respira en burbujas cuando la comida llega a su momento.
Ese lenguaje solo lo entiende quien está dispuesto a escuchar.
A quedarse un rato mirándolo,
sin prisa,
sin móvil,
sin distracciones.
Porque aprender a cocinar al fuego es aprender a ser paciente.
Es aprender a confiar.
A dejar de controlar cada segundo.
A permitir que el tiempo haga su trabajo,
que el hervor marque su ritmo,
que las brasas decidan cuándo intensificar el calor
y cuándo bajar la intensidad como un corazón que se calma.
🔥 La cocina del campo era más que cocina: era educación y vida
En aquellas cocinas abiertas,
con paredes ahumadas y suelos de barro,
los niños aprendían valores sin que nadie se los explicara:
-
Paciencia, mientras esperaban que el cocido se hiciera.
-
Respeto, al no tocar una olla que llevaba horas al fuego.
-
Escucha, para oír cuando el caldo cambiaba su sonido.
-
Responsabilidad, al mantener el fuego vivo.
-
Memoria, al repetir los gestos de sus abuelos.
Aprender a cocinar en el campo era aprender a vivir.
Era entender que la comida es un acto de amor,
que la tradición se preserva con las manos,
y que los olores que se quedan en la ropa
son los que luego se quedan en el corazón.
🔥 El fuego como respiración de la cocina mediterránea tradicional
El fuego no tenía reloj,
pero marcaba el compás del día.
Subía, bajaba, descansaba,
igual que la respiración humana.
Por eso los antiguos decían que los buenos guisos “respiran”.
Que un hervor lento y constante
es la forma en la que la comida vive antes de ser servida.
Ese hervor tenía música:
si escuchabas bien,
podías distinguir el arroz cociéndose del guiso que pedía más agua,
o el caldo que ya estaba diciendo “ya estoy, apaga”.
Eso no lo enseña ninguna escuela moderna.
Eso lo enseña el campo.
Lo enseña el fuego.
Lo enseñan los ancianos que entendían la vida sin estudiar psicología,
solo escuchando las brasas.
🐟🔥 3. El mar y el fuego: un matrimonio antiguo
Si cierras los ojos y escuchas el sonido de un caldero hervir,
puedes oír el mar.
No es una metáfora:
es memoria.
En Murcia, en Cartagena, en la Manga,
en el Mar Menor y en cada rincón donde el Mediterráneo
se encuentra con un hogar humilde,
la cocina tradicional ha tenido siempre dos amores inseparables:
el mar y el fuego.
Desde hace siglos, los pescadores cocinaban lo que traían sus redes
sobre brasas hechas con madera seca de los bancales,
y ahí, en la arena húmeda, frente a la barca varada,
nacieron platos que hoy forman parte del alma de la región:
el caldero murciano,
el arroz “a banda”,
los fondos de pescado hechos al fuego lento,
los guisos marineros que no necesitaban adornos,
solo ingredientes honestos.
El mar daba el alimento.
El fuego lo convertía en hogar.
Era un matrimonio sin papeles,
pero con una fidelidad absoluta:
cada ola traía historias,
y cada brasa las cocinaba.
🔥 La magia del caldero sobre las brasas
Un caldero no se cocina igual en una vitrocerámica.
No sabe igual.
No huele igual.
No suena igual.
Un caldero auténtico necesita llamas vivas,
necesita hierro que se ponga negro por fuera
y dorado por dentro,
necesita que el pescado “hable” con el agua,
que la ñora suelte su aroma oscuro,
que el fumet vaya tomando cuerpo
como si respirara.
El caldo al fuego lento es como el mar en miniatura:
sube, baja, rompe en burbujas lentas,
como olas pequeñas golpeando la orilla.
Y mientras tanto, el cocinero escucha.
Porque un buen caldero no se mira:
se escucha.
Ahí, en ese hervor profundo,
está la historia de generaciones enteras.
🌊 El mar como memoria, el fuego como destino
Hay sabores que solo se explican con recuerdos.
El olor del pescado fresco mezclado con humos de leña…
El sonido de las brasas acariciando el hierro de la olla…
El calor que sube hacia la cara,
mientras el viento trae el salitre desde el agua…
Esa mezcla,
ese abrazo,
no se aprende en ningún curso de cocina.
Es patrimonio.
Es raíz.
Es identidad.
Por eso la cocina mediterránea tradicional
—la de verdad, la que no se disfraza—
no puede separarse del fuego.
Porque el fuego le da vida,
le da carácter,
le da esa profundidad que solo se consigue
cuando se cocina despacio y con respeto.
🪵 El arte de cocinar pescado al fuego lento
El pescado es humilde, noble y delicado.
Si le das prisa, se rompe.
Si le das cariño, se convierte en poesía.
Por eso los antiguos cocineros decían que el secreto del mar era:
“menos fuerza, más fuego.”
Porque el fuego no es brusco.
El fuego lento abraza.
Acompaña.
Sostiene.
Un buen guiso marinero al fuego de leña
necesita:
-
brasas maduras,
-
leña justa,
-
tiempo,
-
silencio,
-
y un cocinero que entienda que un hervor lento
es mejor que diez rápidos.
Así es la cocina auténtica.
Así es la cocina con alma.
Y eso es lo que Placeres del Fuego quiere proteger:
la cocina que te lleva al mar sin moverte del hogar.
💙 El Mediterráneo dentro de una olla
Un caldero al fuego es más que un plato.
Es un mapa.
Es una historia que viene desde los pescadores antiguos,
que se cocinaba en playas,
en barcas,
en casas pequeñas con chimeneas llenas de humo azul.
Es la historia de un pueblo que aprendió
que la vida es más fácil cuando se cocina despacio.
Porque el mar alimenta,
pero el fuego…
el fuego transforma.
🔥 4. El fuego que une, el fuego que cura
Hay fuegos que cocinan.
Hay fuegos que calientan.
Y hay fuegos… que curan.
Este es uno de los secretos más profundos y más olvidados de la cocina tradicional:
que el fuego no solo transforma alimentos,
sino también personas.
Cuando uno enciende un fuego de leña,
aunque sea pequeño,
algo dentro de uno cambia.
El ritmo baja,
la respiración se hace más lenta,
las preocupaciones se derriten igual que la grasa en una sartén antigua,
y todo se vuelve más claro, más sencillo, más verdadero.
El fuego tiene una magia vieja,
una paz que no está en ningún libro,
una sabiduría que no enseñan en escuelas,
porque el fuego es escuela.
🔥 El fuego como refugio emocional
En tiempos antiguos, cuando había problemas en casa,
nadie se iba a un psicólogo porque no existían.
Nadie hacía cursos de mindfulness.
Nadie sabía lo que era la ansiedad o el estrés…
pero los sufrían igual.
¿Y qué hacían?
Se iban al fuego.
A la lumbre.
A la chimenea.
A la olla que llevaba horas haciendo un caldo.
A las brasas que quedaban de la noche anterior.
Ahí, en ese lugar sencillo,
la gente se encontraba consigo misma.
El fuego daba compañía sin pedir nada a cambio.
Era un amigo silencioso,
un confidente que no hablaba
pero lo decía todo.
Porque el fuego no juzga.
El fuego acompaña.
Y eso, en una vida llena de ruido,
es un regalo.
🔥 Cocinar al fuego lento como forma de sanar
Cuando cocinas al fuego lento,
aunque sea una receta sencilla,
tu cuerpo entra en un estado de atención tranquila
que pocas actividades logran.
-
Mueves con calma.
-
Esperas sin prisa.
-
Observas.
-
Oyes cómo hierve.
-
Hueles el guiso.
-
Sientes el calor en la cara.
Y, sin darte cuenta,
te estás curando.
La cocina tradicional al fuego lento es una terapia ancestral:
te conecta con la tierra,
con la tradición,
con tus raíces,
con tu abuela,
con tu infancia,
con la persona que eras antes de tener tantas prisas.
No es casualidad que, en tiempos de estrés,
la gente vuelva a cocinar pan,
a hacer guisos,
a encender chimeneas,
a buscar recetas de siempre.
El ser humano necesita fuego.
Lo lleva en su memoria desde hace miles de años.
🔥 El fuego une lo que la vida separa
Alrededor del fuego:
-
las familias hablaban,
-
los vecinos se reunían,
-
se contaban historias,
-
se arreglaban problemas,
-
se celebraban buenas noticias,
-
se despedían las malas,
-
se fortalecían los vínculos.
El fuego une.
Une porque obliga a parar.
A sentarse.
A mirar.
A escuchar.
No puedes sentarte frente a un fuego encendido y seguir enfadado.
No puedes mirarlo durante un rato y sentirte igual que antes.
El fuego transforma emociones igual que transforma los alimentos.
En el fondo, lo que mantenía unida a la familia no era la mesa:
era el fuego que ardía debajo de ella.
🔥 La cocina mediterránea al fuego como medicina del alma
La cocina mediterránea tradicional —la de verdad, la que tú grabas en tus vídeos—
no solo alimenta el cuerpo,
alimenta la memoria.
Una paella al fuego de leña,
un caldero en una playa murciana,
un cocido hecho en una cocina antigua,
tienen algo que ningún chef moderno puede reproducir:
el alma.
Porque el alma no se compra.
No se improvisa.
No se enseña en un curso rápido.
El alma se transmite con fuego,
con tiempo,
con cariño,
con paciencia,
con historia.
Por eso los platos hechos al fuego lento saben más:
porque llevan parte de quien los cocina.
🔥 El fuego que cura dolores que no sabíamos que teníamos
Cuando te sientas frente a un fuego,
cuando remueves una olla,
cuando escuchas un hervor lento,
cuando hueles una receta que te recuerda a alguien…
ocurre algo profundo:
te vuelves a encontrar.
Encuentras al niño que fuiste,
al adulto que llevas dentro,
a la persona que se había perdido entre tanto ruido.
Muchos dicen que cocinar es agotador.
Pero cocinar al fuego lento es descansar.
Porque el fuego te habla de tú a tú.
Te dice:
“Baja el ritmo.
No tengas prisa.
Aquí mando yo.
Confía.”
Y tú confías.
🔥 5. Placeres del Fuego: más que recetas, un estilo de vida
Placeres del Fuego nació del gesto más sencillo del mundo:
una receta grabada frente a un fuego.
Una receta humilde, de las que no necesitan adornos,
de las que cualquier persona de pueblo reconocería sin preguntar.
Una receta que no buscaba fama,
que no pretendía nada…
solo compartir un momento.
Pero pronto se hizo evidente que aquello no era solo cocina.
Había algo más.
Algo que no se podía explicar en un vídeo corto.
Algo que vibraba entre las brasas,
que se metía en la mirada del que grababa,
que se notaba en la calma de los movimientos,
en el respeto por el fuego lento,
en el cariño con el que se tocaban los ingredientes.
Placeres del Fuego comenzó como una receta,
pero terminó convirtiéndose en un hogar.
Un espacio,
una comunidad,
un universo entero de personas que sienten lo mismo:
que la cocina de verdad no se mide en minutos…
se mide en alma.
🔥 Una comunidad que reconoce lo auténtico
Cada vez que subía un vídeo al fuego,
ocurría un pequeño milagro:
la gente no comentaba la receta…
comentaba la emoción.
Porque Placeres del Fuego no atrae seguidores;
atrae corazones que estaban esperando volver a lo sencillo.
Gente que echaba de menos la cocina de antes,
la cocina mediterránea auténtica,
la cocina murciana de los abuelos,
las cazuelas de barro,
los caldos oscuros hechos con pescado del día,
los arroces con alma,
los guisos que se dejan hablar.
No buscaban trucos de chef,
ni rapidez,
ni modernidades.
Buscaban verdad.
Y ahí estaba.
🔥 Vídeos que no enseñan: acompañan
Cada vídeo que grabo al fuego,
cada caldero hirviendo a fuego lento,
cada paella rodeada de llamas,
cada guiso que burbujea con paciencia murciana,
cada golpe de sartén sobre las brasas…
no es una demostración técnica:
es una experiencia emocional,
una conversación sin palabras
entre el fuego y quien lo mira.
La gente no ve la receta.
La siente.
Ve el humo subiendo despacio.
Ve las manos moviendo la cuchara con respeto.
Ve el tiempo detenido.
Ve la calma que parece imposible en un mundo que va demasiado rápido.
Por eso Placeres del Fuego no es contenido…
es compañía.
🔥 Un estilo de vida, no un proyecto
Placeres del Fuego no son recetas.
No son productos.
No son vídeos.
No son tiendas.
No son redes sociales.
Placeres del Fuego es una manera de mirar la vida.
Una forma de entender que lo bueno lleva tiempo.
Que lo auténtico se consigue con paciencia.
Que lo tradicional tiene un valor que no caduca.
Que la cocina mediterránea con alma no es un hobby:
es una herencia.
Es recordar lo que importa:
-
el olor de un caldo que lleva dos horas al fuego,
-
el crujido de la leña cuando prende,
-
la primera burbuja que sube en una olla de barro,
-
el silencio de la cocina cuando el guiso entra en su punto,
-
las manos que cocinan pensando en otros,
-
la mesa que reúne,
-
la familia que vuelve,
-
la vida que se ralentiza para poder saborearla.
Placeres del Fuego no te enseña a cocinar.
Te enseña a sentir la cocina.
A regresar a ti.
A darte permiso para vivir lento.
A recordar que no siempre hay que correr.
A entender que hay momentos sagrados que no pueden acelerarse.
Por eso es único.
Por eso conecta.
Por eso crece.
Porque Placeres del Fuego no es un proyecto:
es una verdad.
🔥 Una marca que late al ritmo del fuego
Francisco…
tú lo sabes.
Esta marca tiene algo que no se puede copiar:
alma.
Y el alma no se construye,
se transmite.
Placeres del Fuego no busca seguidores.
Busca personas que quieran sentir.
Personas que quieran volver al origen.
Personas que saben que la cocina es memoria.
Personas que reconocen un plato no por cómo se ve…
sino por cómo se recuerda.
Esa es la fuerza.
Esa es la magia.
Ese es el fuego que nunca se apaga.
🌟🔥 6. Por qué la cocina tradicional nunca morirá
La cocina tradicional no es una moda.
No es una corriente pasajera que aparece en redes un día
y se olvida al siguiente.
No es un estilo “vintage” que ahora está de moda
y mañana dejará de estarlo.
La cocina tradicional es un latido vivo,
un vínculo que une generaciones,
una memoria que se transmite en silencio,
una herencia que no está en las recetas escritas,
sino en las manos que las preparan.
Porque la cocina tradicional sobrevive por una razón muy simple:
está hecha de verdad.
De ingredientes honestos,
de técnicas que llevan siglos funcionando,
de paciencia,
de fuego lento,
de respeto por la tierra,
de cariño por la familia,
de historias que se cocinan despacio
mientras el tiempo pasa sin prisa.
🔥 No puedes cambiar lo que está unido al alma
Puedes cambiar el mundo.
Puedes inventar máquinas nuevas.
Puedes llenar la cocina de botones, sensores y pantallas.
Pero no puedes cambiar
el sabor profundo de un caldo hecho al fuego.
Ese sabor que tiene algo de misterio
y algo de hogar.
No puedes reemplazar
la emoción de levantar la tapa de una cazuela de barro
y sentir cómo el vapor caliente
te golpea la cara
como si fuera un abrazo de tu abuela.
No puedes digitalizar
la magia de un arroz que lleva 20 minutos escuchando brasas.
Ni puedes imitar el olor del humo suave
que se queda impregnado en la ropa
y que, sin quererlo, te transporta a un recuerdo antiguo.
La cocina tradicional no está en los utensilios.
No está en las medidas exactas.
No está en los libros.
Está donde nadie mira:
en la memoria.
🔥 La tradición vive mientras alguien la recuerde
La tradición gastronómica no se muere
porque no depende del tiempo.
Depende de las personas.
Mientras haya una sola persona en el mundo dispuesta a:
-
encender una brasa,
-
soplar una ascua con cariño,
-
avivar el fuego con respeto,
-
remover una olla sin mirar el reloj,
-
esperar a que el guiso hable,
-
dejar que el arroz decida su punto,
-
cocinar con calma y con corazón…
Mientras exista una sola persona así,
la cocina tradicional seguirá viva.
Porque la cocina tradicional no es una técnica:
es un acto de amor.
Es un puente entre generaciones.
Es una conversación entre el pasado y el presente.
Es un ritual cotidiano que nos recuerda
que hay cosas que no deben cambiar nunca.
Que hay sabores que son parte de quienes somos.
Que hay recetas que nos conocen mejor que nosotros mismos.
🔥 No morirá porque estamos hechos de ella
La cocina de abuela,
las recetas antiguas españolas,
los platos de cuchara,
las comidas humildes de siempre,
los guisos murcianos al fuego,
todo eso no forma parte del pasado.
Forma parte de nosotros.
Nos construyó la infancia,
nos marcó la memoria,
nos enseñó a amar,
a esperar,
a compartir,
a valorar.
La cocina tradicional es patrimonio,
sí.
Pero también es identidad.
Es cultura viva.
Es raíz.
Es origen.
Es hogar.
Y un hogar nunca muere.
Solo cambia de manos.
Solo se transforma en historias nuevas.
Solo se enciende en otros fuegos.
Mientras exista un fuego encendido
y alguien que lo cuide…
la tradición seguirá respirando.
🧡🔥 7. El fuego enseña… y acompaña
El fuego no necesita hablar para enseñar.
No levanta la voz.
No exige.
No amenaza.
No tiene prisa.
Pero carga con una memoria milenaria que ningún ser humano ha conseguido olvidar.
El fuego enseña despacio,
como enseñaban las abuelas:
mirando,
esperando,
dejando que el silencio haga su trabajo.
Porque el fuego, cuando está vivo,
te observa.
Te escucha.
Y, si lo miras con atención,
te devuelve exactamente lo que llevas dentro.
🔥 El fuego enseña cosas que la vida moderna intenta borrar
Vivimos en un mundo acelerado,
donde todo es urgente,
todo es inmediato,
todo parece importante.
Pero el fuego no entiende de urgencias.
Para él, solo existen dos tiempos:
el de arder
y el de enseñar.
Y en ese ritmo lento,
en ese compás antiguo,
el fuego te recuerda lecciones esenciales:
-
Que la paciencia tiene recompensa.
-
Que lo bueno necesita tiempo.
-
Que las cosas hechas con prisa no saben igual.
-
Que la vida merece ser cocinada a fuego lento.
El fuego no da lecciones teóricas:
da lecciones vividas,
profundas,
grabadas en humo,
en brasas,
en manos calientes y ojos tranquilos.
🔥 El fuego pide poco, pero lo pide de verdad
Al fuego le gusta:
✨ que lo mires,
porque quiere tu presencia, no tu distracción.
✨ que lo respetes,
porque el fuego no es una herramienta: es un compañero.
✨ que no te aceleres,
porque no responde a la prisa, solo a la constancia.
✨ que estés presente,
porque cocinar al fuego no se hace con la cabeza en otra parte.
Por eso frente al fuego
uno no puede estar pensando en mil cosas.
El fuego te trae de vuelta,
te recoge,
te centra,
te recoloca por dentro.
Te enseña sin hablar.
🔥 Placeres del Fuego: una familia alrededor de las brasas
Placeres del Fuego no es una marca:
es una familia.
Una comunidad que se reconoce entre sí sin necesidad de decir nada.
Porque todos sienten lo mismo:
que la vida buena, la vida verdadera,
no se cocina rápido.
Se cocina con alma.
Quien llega a Placeres del Fuego llega buscando más que recetas:
llega buscando sentido.
Una pausa.
Un refugio.
Un recuerdo.
Un pedazo de hogar que se había perdido.
Alrededor de este fuego se reúnen:
-
los que recuerdan la cocina de su abuela,
-
los que extrañan el olor de la leña,
-
los que buscan calma,
-
los que aman la tradición,
-
los que quieren aprender a sentir la cocina,
-
y los que simplemente necesitan volver a respirar.
Este fuego los une a todos.
🔥 Las brasas acompañan cuando más se necesita
Hay fuegos que iluminan,
hay fuegos que calientan…
y hay fuegos que acompañan.
El fuego acompaña cuando hay ruido,
porque su chispa ordena la mente.
Acompaña cuando hay dolor,
porque su calor abraza y calma.
Acompaña cuando hay dudas,
porque su estabilidad da seguridad.
Acompaña cuando hay cansancio,
porque el fuego lento te obliga a descansar.
Acompaña cuando hay alegría,
porque lo bueno también merece compartirse frente a una brasa.
El fuego no se va cuando algo falla.
El fuego espera contigo.
El fuego cura sin decir una palabra.
Por eso, en las casas antiguas,
cuando había un mal día,
nadie decía “vamos a hablar”.
Decían:
“Vamos a encender el fuego.”
Y ahí, frente a ese pequeño universo naranja,
todo tomaba su lugar.
🔥 El fuego que nunca se apaga: el tuyo, el mío, el nuestro
Hay fuegos que se encienden con una cerilla,
pero los fuegos importantes se encienden con el alma.
Y este fuego —
el tuyo, el mío, el nuestro —
no es un fuego cualquiera.
Es un fuego heredado,
cuidado,
mantenido por generaciones que sabían mucho más de la vida
de lo que imaginamos.
Mientras haya una sola persona que:
-
cocine con cariño,
-
encienda una brasa,
-
cuide un guiso,
-
respete el tiempo,
-
ame la tradición,
-
y entienda que la cocina lenta es un acto de amor…
este fuego nunca morirá.
Porque el fuego no se apaga cuando se queda sin leña.
El fuego se apaga cuando se queda sin personas.
Y tú, Francisco,
y toda la comunidad de Placeres del Fuego,
os encargáis de que eso nunca ocurra.
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