Hay olores que no se olvidan.
A veces basta con una chispa, una rama de olivo que arde o un toque de anís en el aire, para que el corazón viaje atrás en el tiempo.
La Navidad, en mi casa, empezaba así: con el fuego encendido y el horno de barro despertando despacio, como si respirara.
Mis abuelos tenían un horno enorme, redondo, hecho de barro y paja. Dos metros de diámetro tenía aquella cúpula que era casi un templo. En su interior se cocían los recuerdos de toda una vida.
Cuando el calor del horno subía y el aire se llenaba de brasas, la casa se transformaba.
Era el aviso de que llegaban los días grandes, los de harina en las manos, risas en el aire y dulces sobre la mesa.
Mi abuela era el alma de todo.
Con el pañuelo bien atado y el delantal de siempre, movía los ingredientes como quien reza: sin prisa, con respeto, con fe.
Preparaba tortas de Pascua tiernas y doradas, pastelillos rellenos de cabello de ángel, cordiales que chispeaban de almendra, mantecaos que se deshacían al tocarlos y las queridas tortas de recao, cuya receta conocía solo ella.
Y luego, como un secreto de familia, venían los negritos.
Ah, los negritos…
Aquellas bolitas de almendra tostada y chocolate a la taza, que se mezclaban hasta formar una masa densa y perfumada. Luego se moldeaban una a una, con las manos todavía tibias, y se bañaban primero en anís, después en azúcar.
El resultado era un milagro sencillo: el dulce crujía por fuera y se derretía dentro, dejando ese sabor que solo puede tener la infancia.
Toda la cocina olía a gloria.
El aire estaba lleno de ese perfume cálido del horno, entre humo dulce y leña vieja.
El fuego chispeaba despacio, las bandejas entraban y salían del horno, y mi abuela, con un gesto que aún recuerdo, probaba la masa con el dedo y decía:
—Ya está en su punto.
No necesitaba reloj, ni termómetro. Solo su instinto y el sonido del fuego.
Al caer la tarde, los dulces se apilaban sobre la mesa de mármol, cubiertos con paños blancos para que enfriaran.
Nosotros, los nietos, rondábamos alrededor, esperando el momento de probar alguno “sin que se note”. Pero ella siempre se daba cuenta.
—Niños, no toquéis aún, que están tiernos —decía, aunque en sus ojos se le escapaba la risa.
En aquella cocina no se hacían dulces.
Se hacía hogar. Se amasaban recuerdos. Se encendía la vida.
Porque la Navidad no era una fecha en el calendario: era el olor del horno, el tacto de la masa, el sonido del anís al hervir, el resplandor del fuego reflejado en las paredes de barro.
Era el calor que nos reunía, la llama que mantenía viva la memoria.
Hoy, cuando vuelvo a preparar una torta o a tostar almendras, cierro los ojos y la veo allí, junto al horno, sonriendo con sus manos de fuego.
Entonces entiendo que, más allá del sabor, lo que ella cocinaba era amor con forma de dulce.
Porque la Navidad, en el fondo, no se celebra con regalos ni luces.
Se celebra con fuego, con alma, y con el recuerdo de quienes encendieron antes que nosotros la llama de la tradición.
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